Hoy descubro algo que ya sabía desde hace tiempo,
el vértigo de la vida económica, social y cultural,
hacen que me vuelva una gran ermitaña.
Al principio creía que tenía alguna fobia social,
ahora me doy cuenta de que tengo fobia comercial.
Mi hermana una vez me dijo que yo vivía dentro de un tupperware.
Efectivamente... así es.
Y cuando salgo de él, intentando ser una mujer "normal",
me agobia la velocidad, el ruido, los cuerpos quemados del sol,
los tacones altos buscando alturas,
motos levantando polvo y el sueño de ser más notables,
tal vez sea un estado del alma, o del corazón...
en el que el silencio me comprende,
la calma me enamora,
los pasos suaves me conmueven,
y las palabras dichas con la transparencia de la mirada...
me renuevan.
Quizás sea el paso del tiempo, eso que llaman edad,
o la cantidad de tropezones con amores inamovibles,
pero lo cierto es... que disfruto de mi tupperware con o sin tapa
con una hoguera encendida,
con la risa de mi niña,
con los ladridos de los perros,
con las travesuras de las gatas,
con mis pensamientos lejanos,
con mis sueños cercanos,
con pintar una pared,
y volver a pintarla,
con aprender a cocinar,
y olvidar lo que aprendí,
con un mate recién preparado,
con una cerveza a la luz de las estrellas,
con una escritura al aire,
con una canción en la radio,
con el pupurri de la nevera en mi plato,
con el cocktel humores internos,
con los colores de mi armario,
con los proyectos que dejo para mañana,
con los amigos que voy a llamar,
y con los que por fin me decido a hacerlo.
Ser ermitaña no es malo,
es ese lujo que permite la soledad,
esa locura especial, donde puedo soñar,
con un amor que no conozco,
pero que nace en mí en cada pequeña sonrisa,
en cada rincón del jardín,
en cada sueño en el que me pierdo,
en los libros que leo,
y en las historias que me invento...
Dicen que soy rara,
yo lo afirmo cada vez que salgo,
pero sé, que todos somos raros,
sólo que algunos tienen la facilidad
de disimularlo,
para aparentar una cierta normalidad,
en la que nadie encaja,
pero todos se esfuerzan.
Mi alma sabe de rarezas,
de esas que no pesan,
cuando un beso se despereza,
en las mañanas llenas de grandeza,
por saber que aún la vida no se estresa,
ante la llegada del amor y sus sutilezas.

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