En una forma de vivir como la que habitualmente habitamos donde el trabajo es la clave de la productividad del ser, en lo personal se convierte en el símbolo de la identidad del ser.
Dejando un caudal gigante de posibilidades relegadas a que alguna vez puedan ser “útiles” para alguien, siendo posible que así, las pueda incorporar a mi identidad productiva.
Y si se fijan, esa manera de relacionarnos con el trabajo, con la tarea, con la actividad diaria, ha cercenado tanto caudal de intereses, de ganas, de entusiasmo, que nos ha dejado en la orilla de la productividad y de la utilidad todas las actividades que surjan en el interior.
Con el gran desparpajo mental de rechazar infinidad de rumbos, descubrimientos, estares y manjares para el alma simplemente porque “no sirven para nada”.
Sirven para ti.
Son tuyos, para ti, para que puedas despertar a la infinidad de recovecos que tiene tu identidad.
Porque somos todo lo que hacemos... no sólo todo lo que producimos.
Y cuando de productividad se habla, no se exclusiviza la idea de un producto final concreto, si no, de todo aquello que al final resume algo de ti.
Lo que no te resume también te identifica.
Porque hay partes de uno que no sirven para nada!
Porque sólo están y flotan entre la razón y la lógica de aquellas partes de uno que necesitan explicarlo todo.
Somos un montón de desórdenes gustativos, sin ton ni son, sin finalidad ni explicación.
Un descubrimiento constante de lo que configura mi identidad en aquello que ni siquiera sé por qué me gusta, por qué lo leo, por qué lo estudio, por qué lo curioseo.
Simplemente sé que, mientras divago en mis atracciones, me sorprendo encontrando partes de mí con las que no sabía que tejía mi identidad emocional.
Y cuando distraídamente aparece un rasgo analítico intentando “hacer algo con ello”... todas los demás gustos inútiles e improductivos se sienten atemorizados por tanta razón.
Cuando no trabajas, eres todo lo demás que haces... o que deberías -hace tiempo- permitirte hacer.
La “utilidad” ha conquistado territorios que siempre le han pertenecido al gozo, al suspiro, a la imaginación, a la contemplación.
Y si esos espacios no los gobierna la pasión... pronto la confundiremos con que la pasión necesita retribución... con que toda acción acertada conlleva una gratificación...
Na...
Dejando un caudal gigante de posibilidades relegadas a que alguna vez puedan ser “útiles” para alguien, siendo posible que así, las pueda incorporar a mi identidad productiva.
Y si se fijan, esa manera de relacionarnos con el trabajo, con la tarea, con la actividad diaria, ha cercenado tanto caudal de intereses, de ganas, de entusiasmo, que nos ha dejado en la orilla de la productividad y de la utilidad todas las actividades que surjan en el interior.
Con el gran desparpajo mental de rechazar infinidad de rumbos, descubrimientos, estares y manjares para el alma simplemente porque “no sirven para nada”.
Sirven para ti.
Son tuyos, para ti, para que puedas despertar a la infinidad de recovecos que tiene tu identidad.
Porque somos todo lo que hacemos... no sólo todo lo que producimos.
Y cuando de productividad se habla, no se exclusiviza la idea de un producto final concreto, si no, de todo aquello que al final resume algo de ti.
Lo que no te resume también te identifica.
Porque hay partes de uno que no sirven para nada!
Porque sólo están y flotan entre la razón y la lógica de aquellas partes de uno que necesitan explicarlo todo.
Somos un montón de desórdenes gustativos, sin ton ni son, sin finalidad ni explicación.
Un descubrimiento constante de lo que configura mi identidad en aquello que ni siquiera sé por qué me gusta, por qué lo leo, por qué lo estudio, por qué lo curioseo.
Simplemente sé que, mientras divago en mis atracciones, me sorprendo encontrando partes de mí con las que no sabía que tejía mi identidad emocional.
Y cuando distraídamente aparece un rasgo analítico intentando “hacer algo con ello”... todas los demás gustos inútiles e improductivos se sienten atemorizados por tanta razón.
Cuando no trabajas, eres todo lo demás que haces... o que deberías -hace tiempo- permitirte hacer.
La “utilidad” ha conquistado territorios que siempre le han pertenecido al gozo, al suspiro, a la imaginación, a la contemplación.
Y si esos espacios no los gobierna la pasión... pronto la confundiremos con que la pasión necesita retribución... con que toda acción acertada conlleva una gratificación...
Na...
Vivir es perseguir el aroma de nuestra alma más pura que siempre nos sorprende cuando la razón está ocupada en asuntos más importantes que ser.
Eres... tanto y tanto.. que jamás podrías caber en nada.
Eres... tanto y tanto.. que jamás podrías caber en nada.

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